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martes, 12 de abril de 2011

Tomado de la revista Meyerhold

Apuntes sobre Ricardo Bartís creador


por Jorge Dubatti *

1. Desde su primer trabajo de dirección en 1985, hace más de veinte años, Ricardo Bartís ha estrenado apenas una docena de espectáculos, todos ellos fundamentales en la historia del teatro argentino: Telarañas, Postales argentinas, Hamlet o la guerra de los teatros, Muñeca, El corte, El pecado que no se puede nombrar, Teatro proletario de cámara, La última cinta magnética, Textos por asalto, Donde más duele, De mal en peor, La pesca. El promedio es llamativo: un espectáculo cada dos años, aproximadamente. No es que Bartís dirija de vez en cuando, todo lo contrario: dirige sin pausa, todo el tiempo está investigando escénicamente, sólo que se toma largos períodos para gestar sus espectáculos. Esto lo diferencia de otros directores “puestistas”, que estrenan 3 ó 4 espectáculos por año. El tiempo de elaboración es protagonista del espesor poético de sus creaciones. La singularidad de su poética es resultado de lentos procesos.

2. Si los largos trayectos de investigación y experimentación son indispensables en el teatro de Bartís, es porque trabaja auto-poéticamente: deja que la poesía teatral se configure a sí misma. Bartís parte de la búsqueda a ciegas orientada por la intuición y el deseo: nunca sabe bien hacia dónde va, incluso emprende proyectos que está dispuesto a abandonar si no se encaminan poéticamente. La investigación es condición de posibilidad de los pasos de constitución de la poética. Su visión está en la antípoda del teatro conceptual. Hay un ejemplo relevante: durante 2006 Bartís investigó sobre la estructura clásica de Hedda Gabler de Ibsen, se dejó “aprisionar” por la arquitectura teatral del texto noruego, y tras un año de trabajo y búsqueda, decidió no estrenar y sólo mostrar ensayos a grupos de invitados. A causa de su concepción autopoética, el lugar del director es para Bartís el de un intermediario, un catalizador de la poesía teatral. Bartís no imprime su voluntad a la obra, no la conduce hacia donde quiere o ya sabe: la deja gestarse en su propio tiempo, la va descubriendo. Por eso tanto tiempo de formación y ensayos. Bartís escucha los materiales que van apareciendo: ensaya, improvisa, graba, transcribe, anota, va estudiando la forma que se va desplegando ante sus ojos, desconocida antes de su manifestación y que adquiere el status de una aparición. Ensayar es ver aparecer una forma que no existe previamente. Comprende paso a paso lo que autopoéticamente la obra va exigiendo, por eso a la hora de definir su poética habla de alteridad, de extrañamiento, de un misterio otro con el que dialoga para componer.

3. Bartís persigue, por sobre todo, un teatro de estados, no un teatro de representación. Como no se va a “re-presentar”, no hay texto previo posible. Entiende por teatro de estados un teatro de cuerpos actorales afectados por el acontecimiento teatral, por la acción poética. Un teatro en el que valen más las presencias que las ausencias, un teatro del aquí y el ahora, del “entre” que generan actores con actores y actores con espectadores. Un convivio irrenunciable, esencial. De allí que la selección de los actores, así como el descubrimiento de sus posibilidades expresivas y sus saberes, de su plástica y de su música corporal, es el ingrediente fundamental de los procesos de investigación. Bartís necesita tiempo porque debe dejar opinar a los actores: el secreto de su teatro es macerar la materia corporal que sus actores aportan, componer una cartografía de lo que esos cuerpos son y devienen afectados por la acción poética. Bartís no proletariza a sus actores sometiéndolos a una forma o a un texto: sus actores son la materia y el fin de su teatro. “El texto es el vampiro del actor” –dice Bartís en su libro Cancha con niebla-, por eso el actor bartisiano debe rasgar, violentar los textos literarios para fundar su propio texto desde el acontecimiento musical de los cuerpos.

4. Estos largos procesos buscan además la emergencia de núcleos de sentido relacionados a la sociabilidad: mitos, relatos, situaciones, imágenes que expresan una cultura argentina presente, pero también arraigan en una cultura nacional arquetípica, en moldes arquetípicos. Bartís persigue una cultura-puente entre el pasado, el presente y el futuro histórico argentino. Para Bartís hay una cultura nacional, un imaginario nacional, un destino y un sentido nacionales, y deben encarnarse en el espesor de sentido de sus obras. Perón, San Martín, la dictadura del 76, el universo de Roberto Arlt y Armando Discepolo, el fracaso, el relato de la pérdida, el pattern del padre muerto y la orfandad, regresan una y otra vez a sus espectáculos con variaciones. Pero Bartís inscribe esa zona de sentido oblicua e intermitentemente, como golpes a la conciencia del espectador. Como multiplicidad. De pronto aparece una pregunta explícita: “¿Cómo es que todavía hablamos de peronismo?”, y de pronto todo se disuelve en múltiples resonancias. Lo que da unidad a sus espectáculos no es la semántica, el relato o el tema, sino la máquina de teatralidad, pura autonomía escénica, puro saber de teatralidad que no reivindica ninguna deuda con los temas. Bartís piensa sus espectáculos como sinfonías que, además, intermitentemente, producen sentido. Por eso, otra vez, la lentitud: el constituirse de esa forma pura de teatralidad lleva tiempo y más tiempo.

5. Los procesos de Bartís son fascinantemente azarosos, porque no hay fórmula de trabajo ni método. No se sabe nunca dónde empieza un trabajo, ni a dónde llegará, ni qué caminos seguirá. El suyo es más bien un anti-método que no reivindica ninguna homogeneidad u ortodoxia. Como Alberto Ure, Bartís asume el antimétodo del cirujeo, el método del teatrista-creador que junta, mezcla, superpone, fusiona sin voluntad de clasicidad o pureza los residuos, desechos o malentendidos de métodos y recetas que llegan a Buenos Aires desde los campos teatrales de Europa o Estados Unidos. Su teatro no se hace ni con el trabajo de introspección, ni con acciones físicas, ni con el vacío clownesco, ni con antropología teatral, ni con biomecánica meyerholdiana, y a la vez hay huellas de todo eso mezclado con los saberes de los actores criollos, de la escena dialectal rioplatense. Sus modelos están en los márgenes: Alberto Olmedo, Niní Marshall, Héctor Gagliardi, los cómicos del Balneario, el sainete, el grotesco.

6. Pero además la teatralidad poética de Bartís surge de la radical oposición a la teatralidad social de los políticos y los religiosos mediáticos. Si Cristina Kirchner es la mejor actriz argentina, si los pastores “brasileños” que invaden las radios y los canales son los mejores actores nacionales –capaces de hacer exorcismos en tiempo real de televisión-, la teatralidad poética debe redefinirse. Teatralidad antitelevisiva, que orada, hiende, hiere, perfora el tejido social del simulacro. Si todo el orbe social está transteatralizado, Bartís sabe que su teatro debe brindar como experiencia y como lenguaje lo que el teatro social-televisivo no ofrece. Si todo está capturado por la estupidez y el mercado, la teatralidad poética resiste, es el espacio sucedáneo de la militancia política. El teatro como utopía micropolítica, que sueña –mientras hiberna- con el regreso de la gran política. Por eso los procesos son tan demorados: Bartís no sólo construye acontecimientos de lenguaje, sino espacios de habitabilidad, moradas para existir. El teatro como acontecimiento de la subjetividad. El ensayo como una forma de vivir, de pensar el mundo.
* Profesor UBA – Crítico teatral.

jueves, 24 de marzo de 2011

El lenguaje es el verdadero tema...

“La verdad”, lo “real” aparece en los ensayos, con las personas concretas, en el tiempo concreto. Las experiencias metodológicas construidas con anterioridad a los espectáculos generalmente naufragan. Al menos es lo que me pasa a mí. Puede ser una incapacidad neurológica mía, una limitación. Hay que poseer una gran fuerza intelectual para asir y transferir a un mundo teórico fijo, las fuerzas que uno ha echado a andar. Para eso es necesario “reprimir”, para después fijar y repetir. Es cierto que el teatro es un arte de la repetición. Pero es en el ensayo donde se busca el “lenguaje”, donde la dirección y la actuación desarrollan sus voluntades poéticas. Durante ese tiempo, la exploración produce no sólo conjuntos de palabras o enunciados sino energías, potencias, situaciones, intensidades que van constituir el lenguaje. Y será el lenguaje, en definitiva, el verdadero tema. Hay textualidades dinámicas, porosas, provocadoras, tentadoras de su materialización en la escena. Y hay también una dramaturgia rígida, que sólo permite representación. Las convenciones, las ideas, los conceptos sólo conducen a la representación. 
Ricardo Bartís

lunes, 3 de enero de 2011

Ricardo Bartis: la actuación, esa cosa atorranta

Con qué cosas deberían romper las nuevas generaciones para empezar a generar, entonces, mirada propia?
No creo que haya que romper con nada para que vuelvan a suceder cosas: tardará más o menos, pero va a pasar porque la gente quiere actuar. Y la voluntad de actuación va a generar lenguaje. Porque la actuación, si es sensible y poética, no quiere componer, no quiere hacer personajes psicológicamente reconocibles: quiere excederse, tiene ansia de exceso. La actuación se ríe de todas estas disquisiciones tan intelectuales. Se ríe, porque es más atorranta. Y va a generar nuevos espacios, nuevas agrupaciones, nuevas formas de agruparse. Pero se debe recuperar cierto apasionamiento y el espíritu amateur, el juntarse por necesidad; ser lo suficientemente resentido como para decir “juntémonos nosotros, que somos los del grupito del fondo, y hagamos lo nuestro”. Para no repetir lo que pasó en los ’90: nos la creímos mucho. Creímos que jugábamos muy bien y que la escena de Buenos Aires era una cosa antológica y que habíamos descubierto procedimientos que habíamos instalado una novedad, y que esa novedad hacía que todos los festivales del mundo vinieran a buscar y ver qué pasaba acá. Eso nos hizo mal. Nos hizo mal tanto festival, tanta expectativa, porque todo el mundo empezó a organizar sus carpetas, empezó a pensar en la prensa y todo el mundo empezó a decir más de lo que hacía. En la medida en que sigamos así, el teatro se va a configurar cada vez más como una especie de pasatiempo cultural, de entretenimiento culto. Hoy es muy poco probable ver espectáculos que te produzcan una conmoción religiosa, en el sentido de gran creencia que amplíe la cabeza, el corazón, el sexo. Es eso, sí: veo cada vez menos espectáculos que calienten.

http://funambulosnotas.blogspot.com/2010/04/huele-parricidio.html

domingo, 5 de diciembre de 2010

El despliegue del actor por Ricardo Bartis

1.    
Claro que las ideas no tienen teatralidad, le sirven a la gente que da conferencias, pero el teatro resiste las ideas. Sobre todo las ideas dichas, verbalizadas como tales. El teatro requiere otras estrategias, porque el espectador no necesita que alguien desde arriba del escenario le diga cómo tiene que ser la vida. La escena no debe hablar como una maestra jardinera o un catedrático, tiene que ofrecer una visión poética más compleja, que permita sentir el misterio de la existencia. Si se le baja línea, el espectador resiste y piensa: ‘este es un pavote’, aunque el patio de butacas no sea como la cancha de fútbol y no haya insultos ni escupitajos.
(…)
Porque el actor, cuando va al ensayo, despliega. Y si lo que despliega es potente, todo lo demás empieza a relativizarse; desde la idea hasta el sistema narrativo.

2.       Una mirada que discute

— ¿Cómo describiría el vínculo que, como director, establece con sus actores en el período de ensayos durante el que se construye la obra?
Creo que para las generaciones de actores que han pasado por mis talleres he sido un buen puchingball, alguien con quien es posible pelearse. Y es bueno poder pelearse. Es bueno tener maestros que no actúan de maestros. En lo personal, me resultaría muy claudicante la hipótesis de una vejez tranquila, sin controversia, donde todos son bondadosos, todo el mundo lo quiere a uno porque uno, a lo sumo, hace alguna crítica tibia, cuidando de no molestar. Yo prefiero tener un territorio de hostilidad y de intercambio, porque no estoy para nada ven­cido. Tengo mucha energía de opinión, que quiero desarrollar. Así, el Sportivo ha significado para muchos la posibilidad de entrar en contacto con otra mirada; una mirada que discute sin imponer un campo de saber estático, que pone en funcionamiento un circuito donde cada uno tiene que pelear lo suyo. Una característica de mis espectáculos es que todos han sido hechos con alumnos, gente que se ha formado acá. Originalmente, hace 30 años, tal vez era inevitable porque ¿quién iba a querer trabajar conmigo? Pero ahora las cosas son distintas, hay una elec­ción. Muchos actores profesionales estarían muy interesados en trabajar con nosotros; saben que tenemos una mirada muy erotizada sobre la actuación.

3.       Actor- director

Yo no les hablo (a los actores) al oído; más bien grito, me agoto, porque digo muchas cosas al mismo tiempo y la gente tiene que tener capacidad y porosidad para aceptar mi intervención permanente. Y para que eso ocurra, a mí se me hace imprescindible que el vínculo con los actores sea sólido, de mucho afecto y de tranquilidad en cuando a que ni uno ni otro es un psicópata. Porque la actuación está muy desnuda en su búsqueda, y la dirección puede ser sentida como caótica en las primeras etapas, porque el marco de contención to­davía no está, es algo que se va construyendo, de tal modo que la situación de ensayo es un estallido de fuerzas brutal.

4.       El actor tiene que poder operar

La actuación es el límite. La actuación goza el límite, propuesto por la dirección, cuando señala que de ese modo no es tan interesante. Por eso nuestro actor tiene que ser inteligente, profundo, consciente de su discurso; tiene que poder operar, no sólo adaptarse a un método. De hecho, los actores del Sportivo son extraordinarios. Nunca he visto mejor a María Onetto que en Donde más duele, ni he visto mejor a Analía Couceyro que en El corte. Y al revés, he visto que algo de esos signos han perdurado en ellos al abordar otros trabajos, porque ya forman parte de la poética de esos artistas.
5.       Erotismo en el trazo
— ¿Coincide con la caracterización de “teatro no representativo” o “teatro de estados” que suele atribuírsele a sus creaciones escénicas?
¡Nooo! En el teatro está siempre lo representativo. Si así no fuera no existiría lo abs­tracto. Admito, sí, que busco recorridos cortos y de gran intensidad, mucho erotismo en el trazo. Y tengo gran preocupación por la forma como soporte de un concepto más pictórico y a la vez superador de forma según la idea académica fija. Estoy convencido de que la actuación es algo más falible, no tiene que intentar la perfección técnica del movimiento según el mode­lo industrial de realización, que es útil para el deporte pero no para el teatro. Es curioso que nosotros, que no tenemos industria, repetíamos técnicas y mandábamos a nuestros actores a aprender “el método”. En la época de mayor furor se enviaba al actor aprender a interiorizar con su memoria emotiva, a explorar en su cuerpo, introspectivamente. Y eso ocurría, ¡vaya paradoja!, mientras en la Argentina de la dictadura el cuerpo social era castigado brutalmen­te. Pero como digo, la nuestra es una historia de desencuentros.
6.       Un poco de poesía

No se me escapa que, por ahora, el teatro es un lujo cultural que consume, precisa­mente, un sector relativamente privilegiado de la sociedad. Pero es mi herramienta y con ella aspiro, modestamente, a que de vez en cuando algún espectador, después de ver un trabajo nuestro, se corra al menos unos milímetros en su forma de mirar el mundo. O que se pregunte si el teatro no es, acaso, una forma alternativa de vivir. Sin muchas expectativas materiales, pero con alguna poesía.

Ricardo Bartís. Fragmentos de una entrevista de Olga Cosentino. Revista del CELCIT 37-38